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Rubén Íñiguez Pérez | Ventana
Rubén Íñiguez Pérez | Ventana
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Ventana

Es increíble nuestro cerebro. Almacena recuerdos como archivos de vídeo en un disco duro, solo que para reproducirlos no hay clicar nada, pues se activan con una sensación repentina: algo que vemos, leemos u oímos.

Los que más me sorprenden son esos recuerdos de los que ha pasado tanto tiempo que cuesta verlos como propios. Parecen historias ajenas, de tal modo que ya ni siquiera los sentimos en primera persona, y más que vídeos son como archivos de texto que transcriben lo que hemos contado mil veces de esa anécdota, tan adulterada que ha pasado a ser leyenda.

Esta mañana me fijé en el ventanuco de la ducha, como si no hubiera sido consciente de su existencia en tres años, lo que accionó el play de un recuerdo segundos después, mientras me enjabonaba la cabeza. Era una escena que mis ojos filmaron cuando tendría unos 15 o 16 años.

Con esa edad solía jugar al baloncesto con mis amigos del barrio en unas canchas que había cerca de mi casa —hoy desaparecidas—. Íbamos siempre por un camino alternativo, un pequeño descampado, pues a través de él llegábamos antes a las canchas que por la entrada principal de estas. Al lado de ese descampado había una nave que todo el mundo creía abandonada, pero que yo sospechaba que no, cómo iba a estarlo si había dos perros enormes vigilándola —alguien tendría que darlos de comer, ¿no?—. Pegada al muro de la nave había una montañita de grava que era casi como una provocación para los chavales: «¿A quién le faltan huevos para coger una piedra y lanzarla contra las ventanas?», parecían decir las piedras. Yo nunca lo hice, y no lo digo por ir bueno, mis gamberradas eran más dialécticas que de acción, sino para que otros no vieran la mierda de puntería que tenía. Eso sí, de entre todas las ventanas que tenía aquella nave, los que solían tirar piedras lo hacían a una que siempre estaba abierta. E incluso inventaron un juego que consistía en colarlas dentro.

Una tarde pasaba por ese descampado con tres amigos y dos de ellos comenzaron con el jueguecito. Recuerdo que uno de ellos me dio su balón de baloncesto mientras tiraba piedras y me puse a jugar con él. Oí un «¡toma!» y acto seguido un «¡hijos de puta!». La voz venía del interior de la nave. Nadie lo esperaba. Seguimos nuestro camino hasta que de repente apareció un tipo enorme que nos agarró a uno de mis amigos y a mí y nos llevó a rastras hasta la entrada de la nave. Allí nos esperaban tres personas, muy cabreadas.

Resulta que aquel tipo enorme estaba en los vestuarios, que era donde daba la ventana que estaba siempre abierta, y que la piedra pasó por encima de su cabeza. Vamos, que no le dio por los pelos. Una mujer, que dijo ser la dueña del edificio, nos comentó que nos iban a retener hasta que viniera la policía para denunciarnos. Mi colega se sintió mal, pero yo estaba furioso y frustrado. Repetí una y otra vez que no había tirado nada, que estaba jugando con el balón, que los de las piedras eran otros. Mis comentarios enfurecían cada vez más al tipo enorme: «¡No mientas! ¡Que te he visto tirarlas!». Le respondí que imposible, lo primero porque no podía botar un balón y tirar una piedra a la vez, y lo segundo que él, estando en el vestuario, lo único que pudo haber visto es la piedra entrando por la ventana, pero no quién la tiró. No servía de nada, él me respondía «¡TE HE VISTO!, ¡TE HE VISTO!». Puto tronado. Era evidente que me había visto, pero que estuviera ahí no quería decir nada.

Tampoco pudo hacer nada mi colega, quien asumió su culpabilidad y señaló mi inocencia. Mientras, desde fuera del recinto, mis otros dos colegas nos miraban desde fuera. Uno de ellos se descojonaba. Él, que era culpable, que había tirado piedras. Me sentó tan mal que fui un puto chivato y les dije a los de la nave que aquel chaval de allí también había estado tirando piedras. El tipo enorme y tronado fue por él, y la risa se transformó en un lloriqueo ridículo. El único de los cuatro que se libró de la movida se acercó para comentarles mi inocencia, pero bueno, ya os podéis imaginar lo que dijo el puto tronado.

Al rato vino la policía. Nos tomó los datos y todo acabó. Aun así, durante un tiempo, cada vez que cruzaba el descampado aquel tronado enorme me amenazaba con llamar a la policía y me recordaba que «tenemos tus datos».

Nunca pasó nada. Pero aquella injusticia me tocó la fibra. Me sentí impotente.

Este recuerdo me ha dado rabia.

Ahora pienso en aquel tarado. Bueno, a lo mejor no lo era, lo más probable es que estuviera hasta los cojones de que le tirasen piedras. Pero me culpó de algo que no hizo. Así que para mí es un hijoputa. No sé qué habrá sido de él, solo puedo imaginarlo. En mis sueños una roca le aplastaba la puta cabeza.

 

Rubeniperez
rubeniperez85@gmail.com

He sido muchas cosas pero ninguna en particular: filólogo, intento de escritor, coordinador en el festival de cine fantástico y de terror La Mano, creador del fanzine Spasmo y colaborador no muy frecuente en portales como Spanish Fear, Canino y La abadía de Berzano. Hice un cortometraje en el que salía una cobaya meando.