Rubén Íñiguez Pérez | Familia jurásica
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Familia jurásica

Pienso en la cara que puso Elena cuando un librero intentó venderle una novela sobre un tío que creaba dinosaurios para follárselos. Era una mezcla entre «¿crees que me interesa esa mierda?» y «¿de verdad has publicado algo así?». Tuvimos coña durante una temporada. Lo raro es que no nos diera por buscar al zumbado que había escrito aquello. Meses después, Elena me pasó un artículo sobre novelas porno con dinosaurios. Me volví loco. Existe gente que necesita ficciones en las que dinosaurios y humanos follan. ¡Es brutal! Leí que eran fanfictions, aunque viendo el diseño de las portadas no me sorprende nada —supongo que el nivel de la escritura debe ser similar—. Es tremendo. Muy cutre y bizarro. Le di vueltas.

¡Rubén, debes escribir sobre ello! Es un tema muy tú.

No me interesan las historias en sí. De hecho, no he leído ninguna ni pretendo hacerlo, tienen pinta de bodrio. Me interesan quienes las leen y cómo les influye, pues dudo que quien las consuma no esté afectado psicológicamente por ellas. O sea, es porno. Raro, sí, pero porno. Con todo el poder que este género tiene de influir en las conductas sexuales de quienes lo consumen con frecuencia. Así que ya tenía claro que quería contar algo sobre alguien obsesionado con estas historias.

Ya tienes de qué hablar. Tu compromiso como escritor.

Lo siguiente era pensar qué clase de personaje debía crear. Yo soy muy malo para estas cosas, prefiero coger a gente que conozco y enmascararles. ¿Para qué me voy a inventar nada si puedo robar material de la vida? Nadie me va a decir que he copiado. Y pensé en Alberto.

No, Alberto no. No pega en esta historia.

Pero me di cuenta de que no iba a encajar. Tiene un carácter peculiar. Bueno, peculiar. Es raro de cojones, solo que en su caso sus acciones tienen más que ver con el influjo del neoliberalismo y de la vida hípster. Es decir, hace cosas por decir que las hace para socializar con otros que necesitan saberlas. A parte de eso, ya me metí con él en Orgullo o prejuicios.

Qué poco te costó escribir aquel texto. Cuando te picas las palabras fluyen como si nada, eh.

Hice una lista de candidatos: el Pesadillas, el Pasteles, el Semáforo, La Masa, los dos Tomases -grandullón y el de las papis-, el Ceci, el Luysen, el Maip, el Milímetro, el Tío raro de las bolsas, el Manitas de Cerdo, el Aceituno, el Bombero, el Waylon, el Loko, el Don Pimpón, el Tarín, el Epi…

Todo tíos siempre. Escribe algo que pase el test de Bechdel. Por dios.

Ninguno me convenció. Entonces me acordé de una chica que tuve de compañera en un curso de monitor. Estaba tronadísima. Recuerdo que le flipaba Crepúsculo y que se enamoró de un compañero al que tomaba por Robert Pattison. Su cabeza creaba esa ficción. Recuerdo también que la echaron del curso porque trató de atacar a otra compañera con una motosierra.

Joder. Es perfecta.

Ya la tenía. Solo me quedaba estructurar una historia y la voz narradora. Normalmente esto me da dolor de cabeza. No me cuesta qué contar, pero sí escoger desde qué sitio hacerlo. Pensé en la perspectiva del Bebé Sinclair, me hacía gracia que la protagonista tuviera todos los muñecos de la Dinosaurios. Que este narrase las locuras que afectaban a Laura —decidí llamarla así por Laura Damián, personaje de Los detectives salvajes de Bolaño, que justo leía entonces—.

Siempre igual… No te comas la puta cabeza con eso que si no al final no escribes nada.

Opté por contarlo en tercera persona. Para mí es la voz de la condena, de un dios castigador con su creación, y yo quería escribir un cuento divertido y bizarro, sí, pero que tuviera un mensaje. Que cuando alguien lo leyera me hablase de eso de que cómo nos afectan los discursos ajenos y que nuestra vida es simulación y necesitamos de ella para vivir lo que no fuimos, a la vez que lanzo una dura crítica contra esas ficciones de tan nefasto contenido ideológico rollo 50 sombras de Grey.

Hay que joderse…

Yendo en metro esbocé la historia de Laura: pasó su infancia viendo una y otra vez Parque Jurásico, La pandilla de Gloto y Dinosaurios; esta serie era su favorita, tenía todos los muñecos de la familia Sinclair. Gracias a ellos podía seguir disfrutando de más historias ¡solo que creadas por ella! Un día, al cumplir 12 años, a Laura empezó a picarle el coño y Earl Sinclair le dice que se rasque con su cola. A partir de ahí surge una historia de pasión hasta que Laura cumple los 18, da largas a Earl y lo guarda en una caja, junto con el resto de la familia Sinclair, que mete debajo de la cama. Earl se enfada y todas las noches folla salvajemente con Maggie para poner celosa a Laura. Esta llora al oír los gemidos, no la dejan tranquila, hasta que un día descubre las novelas de Dorothy Crichton, la novelista más aclamada de porno jurásico.

Bien. Es enferma, pero es una historia.

No quería que fuera un relato lineal. Así que empecé con Laura ya adulta y que todo la historia de antes fuera un flashback y metí, de paso, un nuevo personaje: Rocío, basada en otra compañera del curso de monitor. Rocío es la única amiga de no-ficción que tiene Laura. Esta le presta uno de los libros de Dorothy Crichton. El cuento comienza con Rocío criticando duramente la novela:

«¡Pero, tía, este libro es horrible! ¿No te das cuenta del mensaje que lanza? ¡Defiende la explotación sexual!», a Laura se le caía el alma al suelo al escuchar a su amiga Rocío. «Es inmoral, y no lo digo por el sentido erótico, si te pone es cosa tuya… pero ¡es una historia sobre una empresa que “fabrica” dinosaurios para que los seres humanos nos los podamos follar!».

Guay. Buen inicio. Me gusta.

Tras la bronca, Laura echaba a Rocío y se tiraba toda la tarde en su habitación llorando. Ahí va el flashback y tras él la historia continua. Laura saca a Earl de la casa y follan con la pasión exacerbada de un amor imposible. En su estado de locura, Laura sueña con que se casa con Earl y que le hacía la comida para cuando volviera de trabajar (Chiqui, ya estoy aquí). De tanto follar termina por quedarse embarazada. Y una sonrisa le cubría la cara al imaginar cómo iba a cantar con su bebé la canción del Nene consentido (mola más esta versión que de la del doblaje español).

A ver cómo terminas esto, que no es algo que se te dé muy bien.

El final no podía ser otro. Laura quería fingir un parto. Así que se introdujo el muñeco del Pequesaurio por la vagina y este se la reventaba de tal manera que le producía una hemorragia y fallecía. A duras penas lograba expulsarlo y antes de morir le dice a Earl que cuide del bebé.

Ya tienes todo. Ahora a pulir.

Y lo escribí. Y me sentí satisfecho al hacerlo. Lo malo fue días después. Al leerlo no me gustó, o bueno, no vi que transmitiese lo que yo quería contar. Pasé de él.

¡IMBÉCIL! ¿No sabes que da igual lo que intentes? Es el PUTO LECTOR el que decide de qué hablas. Te guste o no.

Así que lo guardé en esa carpeta en la que se acumulan decenas de relatos que no sé bien si son buenos o no. Mi conciencia me impide hacerlos públicos para que los lectores decidan juzgarme, como hago yo con mis personajes a los que me dirijo de manera omnisciente.

Cagao. Quítate esos miedos. Deja que otros te condenen.

Rubeniperez
rubeniperez85@gmail.com

Soy nada y muchas cosas a la vez: editor de Spasmo, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.