Rubén Íñiguez Pérez | Sujeto X
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Sujeto X

Un sujeto, llamémoslo X, salía todas las mañanas a caminar. Lo hacía porque necesitaba practicar deporte y porque correr, hacer running como se dice ahora, se había vuelto mainstream. Todo dios va de runner, y él odiaba ese postureo. En seguida cogió con ganas eso de andar y logró hacerlo a buen ritmo, una media de una hora u hora y media al día más o menos; y aunque no logró adelgazar gran cosa, pues le gustaban demasiado los kebabs, al menos se puso en forma.

Pronto fue consciente de que salir a caminar en una ciudad del extrarradio madrileño conlleva una serie de obstáculos arriesgados: contaminación, obras, ruido, grupos de jubilados andarines… Pero había uno que era mucho más peligroso de todos aquellos juntos. Una mañana, cuando cruzaba por un paso de cebra, pues a lo largo de su ruta habitual se encontraba con varios, un coche casi lo atropella. Al día siguiente otro y tres días después lo mismo. Se convirtió en una costumbre extraña, sobre todo porque los conductores se saltaban la obligación de cederle el paso al peatón, y eso lo emparanoió. Decidió entonces realizar un balance y comprobó que una media de tres vehículos por semana estavieron cerca de arrollarlo. No era una buena tendencia, pues eso signficaba que la probabilidad de que un coche se lo llevara por delante era muy alta.

El sujeto X meditó sobre el tema. Él no sabía conducir y sintió curiosidad por la prisa que la gente tiene al volante. «Qué diablos pasa por la cabeza de alguien que es capaz de llevarse a un peatón por delante con tal de llegar pronto a un sitio», pensaba. Una de las estampas habituales que más le indignaba era ver cómo un conductor levantaba la mano como gesto de perdón por no ceder el paso. «Eso se hace cuando un peatón choca con otro sin querer, es pura educación, pero no cuando casi matas a alguien por ir con la hora pegada al culo (o no, porque también se puede tener prisa por querer llegar pronto, como un jubilado en un ambulatorio)».

En plena crisis existencial, un día, como si una especie de interconexión mental hubiera actuado, un amigo suyo del norte le preguntó que qué cojones les pasaba a los conductores en Madrid, que en Santander no estaban tan locos. Al sujeto X se le activó algo en el cerebro, como si su colega le hubiera dado una clave fundamental para resolver el enigma, y decidió investigar. Viajó por varias capitales de provincia durante los fines de semana y no encontró a nadie con la suficiente prisa al volante como para querer matarlo. Los conductores de Ávila, Burgos, Soria y Palencia eran tan amables que el sujero X lloraba cuando los veía respetar los pasos de cebra. Solo en Segovia observó un detalle curioso. Los coches, al entrar en carretera y ver el cartel que indicaba la autovía que lleva Madrid, con su correspondiente distancia en kilómetros, acelaraban, pitaban y realizaban adelantamientos peligrosos. Como si el leer el nombre de la capital activase unas neuronas que los volviera gilipollas.

Buscó en internet si el origen residía en el estrés, algo característico del modo de vida de los madrileños, pero la Wikipedia no ofrecía datos interesantes. Las hemerotecas tampoco le aportaron nada. Fue entonces cuando decidió preguntar en foros de materias universitarias. Pensó que quizá encontraría la respuesta en el mundo académico. Los matemáticos le dieron la fórmula de la velocidad y del estrés, pero no lograban establecer un relación convincente entre ellas; los politólogos le comentaron que la situación de crisis económica seguro que era la culpable de todo (la gente está hastiada del neoliberalismo consumista); los filólogos meditaban sobre cómo afecta el estrés de la conducción en la competencia lingüística del hablante; mientras que una psicoanalista le respondió que la ira al volante es una manera de desfogarnos ante el hecho de haber sido desprendidos del útero materno, y que «solo introduciéndonos dentro de la madre, en el origen de todo, mediante el acto sexual, lograremos calmar esa ira», argumentó aquella usuaria (y moderadora del foro) con más de 3000 mensajes. El sujeto X le comentó que qué pasaba con las mujeres, «ellas también lo han intentado atropellar, y según esa teoría no tendrían cura porque no tienen un sexo con el que penetrar a la madre». La psicoanalista le rebatió llamándole homófobo, que si acaso no sabía de la existencia del lesbianismo endogámico. Y acto seguido, lo bloqueó. De todo esto, X solo consiguió que se le pusiera dura al escuchar el sintagma lesbianismo endogámico.

La teoría más interesante le llegó fuera del mundo académico. Una mañana, mientras caminaba,  vio a un tipo un tanto descuidado tirado en el césped de un parque. Olía raro y llevaba rastas naturales, ropa raída y unas gafas llenas de mierda. Le dijo a X: «¿dónde vas con tanta prisa. Relax, men?», y le invitó a fumar porros. Entre caladas y más caladas, X le contó lo de su investigación sobre los atropellos. Aquel tipo escuchó fascinado sus teorías. Aunque le costó un rato comprender toda la información, relacionó aquel relato sobre la prisa de los conductores con la Matrix holográfica. X pensó que qué pollas tenía que ver la peli de ciencia ficción con que hubiera una panda de locos que preferían atropellarlo a dejarle cruzar, pero pronto se dio cuenta de que el fumeta le hablaba de una conspiración, de una forma de alienación. Sus palabras resultaron clarividentes, le abrieron los ojos, había algo que manipulaba a la gente para que se compartase de esa forma. Quizá era un plan del gobierno para acabar con la superpoblación en las grandes ciudades. Todo encajaba y parecía tener sentido. Siguieron fumando y reflexionando, hasta que pasó por delante de ellos un gordo que paseaba a un perro salchicha y les entró la risa.

Al día siguiente el sujeto X apenas recordaba nada de lo que le contó el tirado. Lo único que no olvidó fue aquello de la Matrix holográfica. Evidentemente se trataba de un blog y no de la peli de los hermanos Wachowski, unos tipos que, según pudo leer en un foro, se cambiaron de sexo para poder enrollarse entre ellos (lesbianismo engogámico, como diría la psicoanalista). Leyó textos donde se hablaba de la sexualidad de Obama y de las propiedades medicinales del tabaco. Miró y miró, y buscó aquello de la alienación, pero solo encontró referencias a reptilianos. Por desgracia para él, la gente que lo quería atropellar no se parecía a los extraterrestres de la serie V. Aquellas lecturas no le ofrecieron ninguna respuesta y se rindió. Dejó de investigar. Hasta que un par de días despuñes casi lo atropella otro coche en un paso de cebra.

Loco. El sujeto X se estaba volviendo loco. Gritaba. Lloraba. Se golpeaba. Se tiraba de los pelos. Aporreaba la parades de su casa. No entendía por qué no podía caminar por la calle sin que un coche lo quisiera asesinar. «No puedo con este estrés. ¡Y menos mal que no tengo coche!», pensaba. Como andando no lograba relajarse, probó con la masturbación. Lo malo es que no era capaz de imaginar nada que no fueran psicópatas con un volante en las manos, así que empezó a darle al porno. Buscó en internet lesbianismo endogámico y se la peló compulsivamente viendo vídeos y fotos sobre el tema. Ríos de esperma corrieron a costa de las hermanas Wachowski. Pero pasó lo que tenía que pasar. Tanto porno y tanta paja conviertieron al sujeto X en un tipo sedentario. Con la masturbación no se gasta el mismo número de calorías que con una caminata y, como antes se comentó, la dieta que serguía el sujeto X era rica en comida rápida. Tuvo que volver a caminar para que no le diera una chungo al corazón. Fue cuando se dio cuenta de que andar activa el pensamiento. Lo intentaron atropellar de nuevo, sí, pero había que conventir esa ira en algo, en un ensayo que denunciase aquella conspiración. Algo olía a podrido y tenía el deber de sacarlo a la luz. Comenzó así a apuntar sus reflexiones mientras caminaba. Lo hacía mediante notas de voz de Whatsapp. Primero las enviaba a grupos, luego a sus amigos. Como estos le bloqueaban por pesado, agregó números aleatorios para adjuntarles sus reflexiones. Hubo una persona que amablemente le dijo «por qué narices no te instalas una puta aplicación que te grabe, pedazo de gilipollas». Y lo hizo. Aquello era muchísimo más eficiente. Grabó y grabó y grabó y grabó. Luego llegaba a casa y transcribía los audios en un cuaderno. Lo hizo hasta que la tarjeta de memoria se estropeó. Compró otra y lo mismo. Le duraban poco y se dejaba un dineral. Como nunca supo que borrando los archivos la tarjeta podía volverse a usar, dejó de confiar en la tecnología. Así que le dio por apuntar sus ideas en pósits mientras caminaba. Un día, en uno de sus paseos, le vino la inspiración. Todo cobró sentido. Sin dejar de caminar, sacó de sus bolsillos lápiz y papel y se dispuso a escribir la conclusión de su tesis, pero no llegó a hacerlo. Fue atropellado por un coche mientras cruzaba por un paso de cebra. Ni él vio al coche ni el coche le vio a él. El sujeto X no tuvo tiempo de levantarse tras la embestida de aquel vehículo cuando las ruedas de un autobús pasaron por encima de su cabeza y la despachurraron. Los trozos de cerebro que almacenaban todo sobre aquella conspiración navegaron por un río de sangre que desembocó en el sumidero más cercano.

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