Rubén Íñiguez Pérez | Escritoras
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Escritoras

Últimamente suelo leer más autoras que autores. No por nada en especial. Es algo inconsciente. Como lector, me atraen más los temas que los nombres, y los que más me interesan ahora mismo están en libros escritos por mujeres.

Por ejemplo, hará como un mes o así, fui a una librería muy mítica especializada en literatura de terror y de misterio. Entre tantos y tantos títulos que ojeé, hubo uno que me llamó la atención: Fantasma, de la norteamericana Laura Lee Bahr. No fue el nombre de la autora lo que me atrajo, sino lo que leí en la contraportada, sobre todo esta parte: «Concebida como una novela del estilo “Elige tu propia aventura” a la que se le han extirpado las opciones del tipo “si eliges esto, pasa a la página 27”».

También he picado este año con Tocarnos la cara de Belén Gopegui, con El amante germano de mi adorada Pilar Pedraza y con casi todos los títulos de Carmot Press, editorial que ha publicado a unas cuantas autoras —solo me queda por leer Nicotina y habré acabado con todo su catálogo—. Esta editorial publicó en junio Olivia, de Dorothy Strachey, cuya lectura me llevó a la de Una habitación propia, de Virginia Woolf, un ensayo ácido sobre las dificultades que han tenido las mujeres para publicar y poder dedicarse a la escritura.

Gracias a un club de lectura del que formo parte, he leído también obras de Svetlana Alexiévich y de Vivian Gornick, aunque he de confesar que son las lecturas que menos interés me han creado —quizá porque no me acerqué a ellas por iniciativa propia—. Ahora tengo echado el ojo a Cara de pan, la nueva novela de Sara Mesa, y, entre otros regalos, le he pedido a los Reyes Indian Country, un libro que reúne varios relatos de Dorothy M. Johnson —entre ellos, El hombre que mató a Liberty Balance—.

Pero hay dos libros que me gustaría destacar, dos de las mejores novelas que he leído en este año: La lección de anatomía, de Marta Sanz, y Las niñas prodigio, de Sabina Urraca. Aunque escritos por autoras de generaciones distintas, ambas obras comparten el ser relatos en una voz muy cercana, que parece querer confesarnos algo: una autobiografía novelada en el primer caso y me da que una autoficción en el segundo —digo “me da” porque no sé cuánto hay de realidad o de ficción, tampoco me interesa saber el porcentaje—. Y me han llegado sobre todo porque estoy en un momento donde siento debilidad por la primera persona que narra recuerdos y memorias, sean reales o inventados.

Sobre Marta Sanz tendría mucho que contar. Siento fascinación por todo lo que escribe. Este verano leí La lección de anatomía simplemente por ser de ella, porque ya era para mí una autora a la que seguir. No sabía que se trataba de un relato autobiográfico, y lo empecé justo cuando terminé mi TFG que versa sobre este tipo de escritura. Y me llegó mucho. Lo deglutí despacio, saboreándolo, porque no quería que nunca acabase. No quería irme de un relato que, sin ser experiencia mía, sentí como propio. Me hizo recordar los veranos que pasé de niño en Benidorm —ciudad que detesto—y aquellas promesas de la infancia que no solemos cumplir. Pero ante todo me hizo reflexionar sobre la influencia de los discursos ajenos, especialmente esas narraciones de nuestra vida que no recordamos y que tomamos como parte de nuestra biografía a través de lo que otras personas cuentan. En mi caso hay una historia sobre una plancha con la que me quemé la mano teniendo yo dos años —hace poco subí una foto a Twitter—. Todo lo que sé sobre lo sucedido es por lo que me han contado mis padres y la prueba de su relato es la cicatriz que tengo en la palma de mi mano izquierda. Sin embargo, teniendo en cuenta la tendencia a la exageración de mis padres, ¿qué he creerme?

Las niñas prodigio es el otro libro. Llegué a él por la recomendación de un buen amigo. Esta novela de Sabina Urraca produce dolor y risa, y no anda corta de momentos truculentos. Trata de la infancia, del desconcierto del crecer y hacerse adulto. Bueno, y de muchas cosas más. Las referencias culturales que cita la narradora son un elemento con el que conecté en seguida: la serie Punky Brewster, la revista El Pequeño País o el hit veraniego El Venao forman parte de algunas escenas de mi niñez. Al margen de lo generacional, empaticé bastante con la historia epistolar de la narradora con Chori. Me llegó, pues, como él, yo también necesité de Messenger para hablar, porque si no hubiera acabado hablando solo con los perros —en mi caso también con las cobayas—. Aunque no parece que sirviera de mucho: al final he aceptado el monólogo a mis mascotas como un espectáculo del que solo ellas pueden disfrutar.

Contaría muchas más cosas, pero prefiero invitaros a su lectura y no daros la chapa con lo que me han transmitido estas novelas. Eso sí, dejadme daros un consejo a los lectores, y donde digo los no incluyo las: la literatura no sirve para explicar la vida, diría que incluso la hace más complicada, pero mediante ella recreamos una sensación de entrar en la mente de otras personas para saber lo que piensan, sienten y cómo ven el mundo. Leed autoras sin miedo, no se os va a caer el pene ni nada por el estilo, os lo garantizo. Además, quizá lleguéis a comprender esos aspectos propios de la condición femenina que os cabrean simplemente porque no los habéis observado desde otra perspectiva.

Rubeniperez
rubeniperez85@gmail.com

Soy nada y muchas cosas a la vez: editor de Spasmo, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.