Rubén Íñiguez Pérez | Ojos
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Ojos

De siempre he compartido esa idea de que el espectador de cine es una especie de voyeur, alguien que observa una historia de ficción (o no) desde la perspectiva de un mirón o un cotilla. Por eso, siempre que tengo la oportunidad de dar una charla divulgativa sobre mi género favorito, el terror, me gusta citar a un amigo cuya descripción en Twitter dice: “el cine se inventó para ver morir gente”. Una frase muy guay y que no solo se puede aplicar a las películas de miedo, sino también a las de acción o a los wésterns, por ejemplo, que también tienen sus cadáveres. Sin embargo, a diferencia de estos géneros, la muerte en el cine de terror suele tener un componente más morboso o macabro, da como una sensación de estar viendo algo prohibido. La gente acude normalmente a lo terrorífico para asustarse y pasarlo mal. Es un intento de emular nuestras pesadillas, si entendemos el acto de ver un filme en una sala como una simulación de la experiencia del sueño -una teoría que me encanta y que no recuerdo si al primero que se la escuché fue a Román Gubern o a José Luis Borau-.

En esas charlas que he mencionado suelo insistir en el tema de la recepción para convencer a los asistentes de que nadie es un enfermo mental porque sea fan del cine de terror -aún existe gente que lo piensa-: por ejemplo, me gusta comparar al espectador de un slasher con el que mira a través de la mirilla para ver a la mujer desnuda de Étant donnes, la obra de Marcel Duchamp. Los frikis de este género nos comportamos así, vemos La matanza de Texas con los ojos de un fisgón, en nuestro caso acudimos a la ficción para ver aquello que nos horrorizaría si fuera real.

Es esa la mirada que mi yo de 5 años tenía cuando vio por primera vez Creepshow 2. Esa misma que no podía dejar de ver como una especie de chapapote devoraba uno por uno a un grupo jóvenes que pasaba el día en un lago. No tuve miedo, rara vez lo he sentido con una peli, sino fascinación. No recuerdo bien si fue mi tía o mi madre quien alquiló la peli, o si la vi en La2. Yo que sé. Lo que no olvido es que la vi en la vieja tele de mis abuelos y que desde entonces el cine de terror forma parte de mi vida, y no quiero que deje de serlo.

Por ello, escribo sobre este género y he dedicado tiempo y dinero a crear Spasmo, un fanzine en el que, junto a muy buenos amigos, intento poner mi granito de arena en la difusión de películas desconocidas. Y por ello también he participado en blogs o webs temáticas e incluso he llegado a cumplir mi “sueño” juvenil de crear un festival de cine de terror que no me obligara a viajar o a coger transporte público. De ahí nace La Mano. De hecho, hace apenas una semana que terminó la quinta edición de este festival de cine fantástico y de terror del que tengo el honor de formar parte. A pesar de los problemas que hemos tenido para tirar adelante, que no dejan de ser los propios de ser un evento de bajo presupuesto, el balance ha sido muy positivo. Lo que más de todo ha sido encontrarnos con un público nuevo, fiel y joven, que nos ha seguido en todas y cada una de nuestras gamberradas: como ponerse en pie en la gala de clausura y cantar nuestro “himno”.

Digresiones a un lado, tras el flipe con Creepshow 2, vinieron otros que tuve con pelis como La casa del terror, La noche de Halloween, It, Noche de miedo, Pesadilla en Elm Street o con las sagas Gremlins y Critters -esta última la alquilé tantas veces que el dueño del videoclub terminó por regalarme el VHS-, y algunas que no eran propiamente de terror pero que tenían sus escenas y sus puntos malrolleros, como Parque jurásico, Indiana Jones y el templo maldito, El día de la bestia o Pesadilla antes de navidad. Algunas siguen siendo grandes películas, otras, bueno, la nostalgia hace que sea blando con su envejecimiento. Aunque quizá lo que han envejecido son mis ojos, esos que ya no ven sino que visionan y a veces se olvidan de disfrutar de una película sin más.