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Rubén Íñiguez Pérez | Orgullo o principios
Rubén Íñiguez Pérez | Orgullo o principios
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Orgullo o principios

Llevo tiempo obsesionado con el tema. En Twitter he dedicado dos hilos sobre ello, aunque nadie me ha hecho caso. Mi colega M, con quien reflexiono sobre la vida vía audios de Whatsapp, me ve jodido con el asunto. Hasta mi novia me ha comentado que hacía tiempo que no me veía tan cabreado con algo, y eso que soy bien protestón —o rutón, como dice M—. Pero sí, no voy a ir al concierto que tiene todas las papeletas de ser el más memorable de mi vida: Metallica, mi banda favorita de siempre, teloneados por Ghost, un grupo cuya música ha sido un emotivo descubrimiento para mí. ¿Y por qué no voy? Pues aún no sé si por principios o por orgullo.

¿Qué me impide ir? Pues el precio, y eso que me lo puedo permitir. Pero por mucho que sea mi banda favorita me parece exagerado su coste y me niego a colaborar en esa especulación con los precios de las entradas. No digo que tengan que ser gratis, asumo que pueda ser caro, lo que sucede es que veo mucha locura en ello. Y es que me llama la atención el hecho de que mucha gente solo va a conciertos de bandas megaconsagradas para decir «los he visto», conociendo nada más que los dos temas míticos de turno. No digo esto creyéndome el más fan, cada cual que haga lo que quiera con su dinero, sino porque me inquieta esa necesidad de decir «los he visto». Es como si no importase el concierto en sí, como si la razón por la que se adquiere la entrada fuera simplemente la de presumir: para decir a los colegas que «los he visto», como si eso fuera una cita de autoridad en una conversación sobre música, o para hacerte la foto de turno y compartirla en redes sociales. Llamadme amargado, pero no entiendo el porqué de ese consumismo innecesario, de tener que hacerlo para que otros lo sepan. No valoran la música, sino el postureo y esto va relacionado con los euros que hay que soltar por la entrada: cuanto más cuestan, más importante serán las bandas. Estas ya son marcas, rock corporativo, como comenta Ian Svenonius en Te están robando el alma.

Y no, no son cuatro gatos los que hacen esto. Cualquiera que acuda con frecuencia a conciertos sabe de lo que hablo. Es gente que lo mismo se zampa una actuación de los Pet Shop Boys que de los Guns N Roses, que se vuelve loca por comprar rápidamente las entradas y que acude a la reventa a gastarse sus doscientos euros si no le queda otra, pues lo importante es que los demás sepan que van a ir al concierto de Madonna dentro de siete meses. Este comportamiento me recuerda al del típico cuñao de turno que viaja a París y entra al Louvre para ver La Gioconda y decir luego: «Vaya puta mierda. Si es pequeño de cojones». El «los he visto» no se diferencia mucho del «vaya puta mierda» y en mi lógica es mejor parecer un ignorante que rebuznar y demostrarlo. ¿De qué sirve que esta gente pague por arte y cultura si no les importa? Solo lo hacen por puto postureo, porque piensan que es algo que deben hacer de cara a su imagen pública. Consumen arte y cultura al igual que consumen platos combinados en tabernas de mala muerte, donde les dan gato por liebre y ni se enteran.

Pero me puedo equivocar. Lo mismo todo esto que yo pienso que son principios no es más que orgullo. Que mi carácter moralista, duro con lo que me indigna, me hace solo fijarme en lo despreciable de esa gente en lugar de disfrutar del concierto de mi vida. Que mis preocupaciones culturales, porque siento que muchos conciertos de rock se están convirtiendo en espectáculos elitistas, en realidad hacen que ver en vivo a mi banda favorita sea algo que me joda. ¿Soy orgulloso o una persona con principios? Puede que ambos.

El caso es que no voy a ver Metallica, al menos por el momento, y siento rabia por ello, pero a la vez no me quita el sueño la idea de morirme sin verlos tocar en directo. Me importa y no me importa, y por ello no hago más que dar el coñazo con esa incertidumbre. Todo lo contrario que uno de mis mejores colegas, Alberto, que sin ser fan de la banda —de hecho, le recuerdo algo detractor— me dijo: «Me he pillado la entrada. No me puedo morir sin verlos». También me dijo de ver a Slayer y eso que siempre le parecieron un peñazo, quizá los setenta euros que cuesta verlos son los que le hicieron cambiar de parecer. Eso o que lo mismo ha evolucionado su gusto musical, lo que me convertiría en un hijoputa por pensar así de un amigo. Lo mismo debería comprarme una entrada en la reventa y callarme de una vez. Deber ser que envidio a mi colega, a los posturetas y a los cuñaos que van al Louvre, porque ellos disfrutan de las cosas sin complejos ni preocupaciones, sin esa mirada de superioridad cultural e intelectual. Pero que sé yo.

Rubeniperez
rubeniperez85@gmail.com

He sido muchas cosas pero ninguna en particular: filólogo, intento de escritor, coordinador en el festival de cine fantástico y de terror La Mano, creador del fanzine Spasmo y colaborador no muy frecuente en portales como Spanish Fear, Canino y La abadía de Berzano. Hice un cortometraje en el que salía una cobaya meando.