Rubén Íñiguez Pérez | Reseña de un libro que no he leído
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Reseña de un libro que no he leído

Hace poco, mientras estaba de paseo con unos colegas, me acordé del Señor H. Menudo personaje. Se creía un polímata: iba de músico, cineasta y escritor, todo a la vez, aunque nada se le daba bien. Bueno, para ser preciso, realmente lo hacía todo como el puto culo.

Aparte de artista multidisciplinar también era catequista, o eso decía, y nos contaba cómo sus alumnos le adoraban gracias a los ejercicios religiosos que les planteaba. El más guay era preguntarle a los niños por sus pecados favoritos, por ello presumía de ser “un catequista moderno”. Nosotros nos descojonábamos y hacíamos chistes de que si aquello era en realidad una excusa para meter mano a los niños.

Otra de sus habilidades más destacadas era la de ser un manitas. Presumía de ser capaz de arreglar un móvil después de sumergirlo en una jarra de cerveza. Algo que nunca se atrevió a demostrar.

También le gustaba ir de intelectual, hablaba de cualquier tema como si fuera el mayor experto en la materia: biología, física, derecho, deportes, cultura… Una vez me contó que había ganado un premio al mayor experto de España en Dragon Ball. Aquel premio le fue entregado supuestamente por uno de los portales de internet oficiales sobre la serie, no citaré cuál es, pero el caso es que, tiempo después, busqué y no vi ni rastro de ese concurso -y eso que era una web que yo solía frecuentar-.

Hubo risas al recordar aquellas historias. Pero lo jodido es que en su momento nos las tragábamos enteritas. Al Señor H le gustaba ser el centro de atención. Necesitaba sentirse especial, sabio, y nada como juntarse con un grupo de chavales algo más jóvenes al que creían solo por ser mayor, como si la edad otorgase un plus de veracidad a las palabras que salían de su boca. Se llegó a sentir tan listo que no cayó en que llegaría un momento en que nosotros crecíamos lo suficiente como para no creernos sus cuentos chinos. Ya le respondíamos y poníamos en duda sus anécdotas como las que narraba de sus años de instituto, aquel en el que tenía que pasar todas las mañanas por el detector de metales, como si fuera el de la película El rector. Era un descojone, sobre todo porque algunos de nosotros también íbamos o conocíamos a gente que iba a ese instituto y nunca vimos u oímos nada semejante.

A pesar de todo, durante un tiempo seguíamos quedando con él. Las cosas como son, era un buen tipo y te divertías con él. Lo que sucedía es que detrás de aquella fachada de chico divertido, inteligente y moderno se escondía un tipo bastante clasista. Visto con la perspectiva del tiempo, no resulta extraño que esa obsesión por su imagen pública ocultase su verdadera personalidad. Hay un verso de Neruda que le encantaba repetir una y otra vez, el manido “me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Normal que fuera se cita favorita, pues definía muy bien su carácter mandón y machista, razones por las cuales su novia de toda la vida lo dejó -la verdadera historia nunca la sabré, aunque tampoco hice esfuerzos por averiguarlo-. El Señor H ya tenía planeada su vida: tenía casi 30 años, un trabajo más o menos estable, coche y una novia con la que llevaba más de 8 años. Él ya se veía casado, con hijos, haciendo una vida de persona alienada normal y corriente, pero el destino, eso pensaba él, le jugó una mala pasada. Todo lo que vino después fue un estado de paranoia que lo llevó a enemistarse con el resto del mundo, pues este era el verdadero culpable de todo.

Pero vamos a lo importante. Mientras caminaba con mis colegas, les comenté que estuve cotilleando al Señor H en Facebook. Tenía cuatro mierdas sin interés, la verdad. Lo único es que por fin había conseguido publicar aquel libro con el que siempre estaba dando el coñazo. Estaba como loco por escribir una novela que contase su tan interesante vida. No diré el título, no quiero darle publicidad, pero con saber que está autoeditado no hace falta comentar mucho más -hay faltas de otro grafía hasta en la sinopsis-. Puede que engañe a sus familiares, pero a cualquiera que lea un poco pues como que no. De hecho, miré en internet si alguien había leído el libro. Me quedé loco al ver que dos personas lo reseñan en sus blogs, me cuesta creer que alguien ajeno al autor se atreva con una obra así, pero me divertí mucho leyéndolas. Ambas coinciden en que lo más destacable son sus “horrores ortográficos”, toma ya el polímata, y que la obra trata sobre los problemas del protagonista para relacionarse socialmente, es decir, sobre sus problemas con amistades y novias. Él quizá pensara que su vida era interesante, pero sus lectores no piensan igual. Señalan que la novela es tediosa y que solo incluye frases reflexivas. Debe ser que al Señor H le han influido más las típicas frases inspiradoras y citas célebres típicas de redes sociales que Douglas Adams, uno de sus escritores favoritos.

El problema no es solo que no sepa escribir, eso se arregla practicando, sino que no ha sabido dar con la historia que contar. De lo vertido en la sinopsis y en las reseñas intuyo que habrá narrado tan solo los episodios aburridos de su vida, que él cree interesantes. Sin embargo, tiene toda la pinta de que fuera del tintero se han quedado escenas muy desternillantes que darían para una buena novela esperpéntica. Sobre todo las de la etapa que vino después de que su novia de toda la vida lo dejase.

Como ya dije, esto llevó al Señor H a un estado paranoide. Se hizo muy amigo de la Señora G, una chica muy inestable mentalmente. Cuentan que acabaron follando después de años de poner a parir a todo el mundo. Eran personas muy celosas, no soportaban la felicidad ajena. Quedaban todas la tardes para poner a parir al resto de la gente, lo que los generó enemistado e incluso un juicio -por lo civil, eso sí-. Él, como estaba con el autoestima baja, comentó que estaba follando con adefesios. ¡Él! Que presumió de haber follado con pivones, de tener 20 cm de polla y de ser capaz de embestir a gran velocidad y sin perder el ritmo. Entre las nefastas experiencias sexuales y el hecho de que le costaba encontrar una chica que se dejase mandar, intentó ligar con chavalas de 16 años a través de redes sociales -lo cual le llevó también de juicio, y civil-. Sé que después tuvo algún que otro problema con antiguas amistades, y que alguna podría haber terminado en juicio y ya después no sé más.

Este es un resumen muy breve de lo que intuyo que habrá dejado fuera de la novela. Son situaciones que seguro hubieran resultado más interesantes a esas dos personas que la leyeron, o al menos esa es la conclusión a la que llegamos mis colegas y yo mientras paseábamos por el parque donde hacíamos los botellones, aquel lugar donde el Señor H, bajo el calor del vino peleón y de los porros, nos contaba aquellas historias de ciencia ficción.

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