Rubén Íñiguez Pérez | Buscando, mirando
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Buscando, mirando

Cuando publiqué esta web, me prometí escribir al menos una entrada al mes. La cosa es que este agosto está siendo algo complicado, estoy hasta arriba y apenas he tenido el tiempo de poder reflexionar lo suficiente en torno a un tema como para redactar algo decente que ofrecer a mis lectores –si es que hay alguien ahí, como dirían Los Suaves–. Pero bueno, como quiero cumplir con mi promesa lo que se me ha ocurrido es comentar un texto que escribí hace algo más de tres años en mi anterior blog, El almuerzo vestido. Al revisarlo, me he dado cuenta de varios descuidos de los que no era consciente, los cuales corrijo unos poco en el presente texto pero no en el original –el cual puede consultarse al final de la entrada–. Descubrir estos errores, no demasiado graves, ha servido para que me dé cuenta de mi mejora en la redacción. Puede que aún no escriba de maravilla, pero noto la evolución sobre todo si lo comparo con lo publicaba hace doce o trece años. Ya no escribo como un puto ignorante y eso para mí es un logro. Si alguien siente la curiosidad de leer esas “cosas” que escribía, que vaya a Google y que las busque, pues al fin y al cabo sobre eso trata To google.

Escribí To google pensando en el escaparate que ofrecemos de nosotros mismos al mundo a través de internet. Mientras lo escribía, los ejemplos que me venían a la mente eran los de gente que vive obsesionada con vender su imagen para lograr el éxito en aquello a lo que se dedican –principalmente, en mi caso, cineastas y escritores–. Sin embargo, esa obsesión les lleva a caer en el ridículo en no pocas ocasiones sin que sean conscientes de ello.

Conozco a unas cuantas personas que pasan las horas buscándose en Google. Gente que intenta que las primeras referencias a su nombre sean a su currículum, a su Facebook o a su Linkedin. Esto llega a lo obsesivo si se llaman José García López o María Sánchez Gómez, y no digo si tienen la desgracia, para ellos, de llamarse Gabriel García Márquez o Ana Pastor –salvo Pablo Iglesias, que ha sido capaz de destronar a su homónimo anterior en referencias–. Mejor suerte quienes tienen nombres y apellidos poco corrientes. Aun así, sean corrientes o extraños, todos caen en cuidar tanto la imagen que descuidan el contenido. Algo casi paradójico, pues una mierda no deja de serlo por mucho que se adorne. Por ejemplo, de esos conocidos, una mayoría es creadora –principalmente cineastas o escritores– que piensa más en los concursos que va a ganar que en la obra con que pretende hacerlo –este será tema de alguna futura entrada, porque tiene miga el asunto–. Un consejo para quienes quieren la pole position en referencias al googlear –menudo palabro– su nombre: es más probable que quienes os busquen sean cotillas que empresas que están deseando poneros un despacho. De verdad, es mejor no aparecer que destacar para mal.

¿De verdad merece la pena ganarse las primeras referencias a tu nombre en Google si estas son un descojone? Eso es armar al enemigo. El mundo está lleno de “Eduardos Indas” a los que no les importa rebuscar entre tu mierda si con ello pueden reírse de ti o dejarte en evidencia –y que conste que, a veces, yo soy también un poco “Inda”–.

Yo apenas me busco en Google. Soy más cotilla que narcisista. Lo mío es teclear el nombre de los demás en Youtube, en redes sociales o en cualquier lugar de Internet. De hecho, es algo que me divierte. Me hace gracia pasarle a un colega su propio currículum, un vídeo en el que sale o, mejor aún, alguna noticia de un asesino que se llama igual que él. Sí, sé que es un humor muy retrasado, y sí, también sé que hay que aburrirse mucho para estar con esas tontunas a mi edad, casi en la treintena, pero qué le voy a hacer. Si hay quien se ríe con los sketches de los Morancos o con un mongólogo de un videoblogger, ¿por qué no hacerlo al ver el perfil de un gordo raro que se llama igual que uno de mis mejores amigos? El problema es que hay quien me la ha devuelto, en especial un caso.

Qué mentiroso soy. Claro que me busco. Eso sí, no me obsesiono. O puede que sí, porque estoy escribiendo sobre ello. En fin, la cosa es que trato de evitar que en las referencias predominen cosas de las que me avergüenzo, como cortometrajes que dirigí –de hecho, uno lo borré– o esos primeros textos que antes he mencionado, reseñas de pelis de terror. Lo que sí es cierto es que soy un cotilla. Si alguien me conoce de algo es muy probable que le haya buscado en Google. Aunque lo que más me impacta de todo este fragmento es que diga videoblogger en lugar de youtuber. Qué viejo soy para estas cosas.

Hace un tiempo, el cabronazo de Carlos Javier Rodríguez, a quien dediqué una puta mierda de elegía por su muerte, plantó en mi muro de Facebook un vídeo que encontró al buscar mi nombre en Youtube. Era de un noticiario mexicano. En él, entre otros sucesos, se narraba la detención de un tal Rubén Íñiguez Pérez por amenazar a su esposa. Vale, no tiene ninguna gracia el hecho de que sea un maltratador, pero qué risitas las de la gente, dando como locos al “me gusta”, no tanto por cómo se llamaba el tipo sino porque probé de mi propia medicina. Fue un golpe. Pensé en dejar de curiosear nombres ajenos e intentar que las primeras referencias en buscadores fueran a mí y no a mi tocayo mexicano. Pero se me pasó en seguida, es mejor que aparezca ese cabrón a cosas horripilantes que hay por ahí con mi nombre. Además, tarde o temprano, algún Carlos Javier Rodríguez hará el hijoputa y podré entonces vengarme.

Texto original (publicado el 27 de abril del 2015 en El almuerzo vestido) https://rubeniperez.wordpress.com/2015/04/27/to-google/

 

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