Rubén Íñiguez Pérez | Imaginolandia
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Imaginolandia

Recuerdo un día que me crucé por la calle con un colega del barrio, a quien llamaré Señor Z. Me contó que acababa de volver de Japón. Según él, fue a ver a la selección española de baloncesto en el mundial que se celebró aquel año —-y en el que España se proclamó campeona—. Su narración era increíble, me describía con detalle cuán impresionantes eran los estadios nipones y cómo eran las aficiones rivales y el buen ambiente que había entre ellas. Lo contaba con un tono firme, de seguridad, aunque para sus adentros, viendo mi cara de fascinación, debía de estar pensado: “este gilipollas se está tragando mi cuento”. Yo le escuchaba con entusiasmo, sin que él supiera que mi cara se debía a que mi madre le había visto días atrás comprando en un híper, mientras se celebraba el mundial de baloncesto.

El Señor Z siempre ha sido de soltar historias así, muy inverosímiles, pero amén de lo divertido de sus tracas lo que realmente me interesaba era saber qué lo llevaba a fabular de esa manera. Probablemente necesitaba de esas historias para hacer creer a los demás que su vida molaba y librarse así de la fama de bicho raro que tenía en el barrio, quizá por ello nunca me atreví a rebatirle ni a dejarle por mentiroso. De hecho, meditándolo ahora, me niego a creer que todo lo que me contaba era un bulo. Es cierto que no fue a Japón, pero el mundial se lo tragó enterito. Simplemente exageró la realidad, me contó una ficción. El acto de mentir lo ejemplifican mejor esos políticos que niegan conocer a ciertas personas que los colocan en situaciones incómodas, aun cuando existen pruebas evidentes de lo contrario. Ahí no hay fabulación ninguna. Por el contrario, la historia del Señor Z está más cerca de los cuentos de tradición oral que de las mentiras evidentes, como si fueran las hazañas del Cid. Así lo veo.

Tanto la mentira como la ficción son invenciones. Para crearlas el emisor necesita de la realidad, lo que las difiere es la finalidad: en un cuento, por ejemplo, no necesitamos saber cuántos de los hechos que transcurren en él están inspirados en la vida del autor, pues sabemos que es algo inventado y lo que se pretende es que el receptor disfrute con la historia. Mentir es diferente, es una manipulación de la realidad, pues esta sí importa en el relato ya que el objetivo es engañar y convencer al destinatario de lo que se cuenta. Un ejemplo práctico, nadie va a la cárcel por escribir una novela —al menos todavía…—, por mentir sí que puede.

Sin embargo, no somos conscientes de las diferencias entre ficción y mentira. Por eso me flipa esas personas que se tragan cualquier bulo que les llega por Whatsapp, pero luego no son capaces de aceptar la verdad ni aunque suceda delante de sus narices. El hilo de tuits que recientemente escribió Juanjo Ramírez Mascaró sobre una bacteria alienígena, todo un fenómeno viral con miles de personas enloquecidas por demostrar la veracidad o no de lo que se contaba, sin ser conscientes de que se trataba de una broma, ha reavivado ese interés en mí. ¿Por qué nos creemos antes las conspiraciones más inverosímiles que las que se basan en datos constatados?  ¿Qué necesidad tenemos de rebatir la ficción, de demostrar que lo es? Es obvio, pero parece que nos negamos a aceptarlo. Es como que la realidad fuera triste, sin un giro final inesperado a lo película de M. Night Shyamalan. Dice el manido refrán que “la realidad siempre supera a la ficción”, me da que no siempre, y quizá por eso preferimos creer que los presidentes de EE. UU. son reptilianos y que las pirámides fueron construidas por extraterrestres. Como que mola más.

También por eso me fascina el grado de admiración que siente el público por las películas basadas en hechos reales o por las novelas históricas, sobre todo por lo paradójico de recurrir a la ficción para saber cómo sucedió un determinado acontecimiento. Recuerdo a una persona, Señora X para los amigos, que puso a caldo la película 300 por no ser “fiel” a la historia, como si se sintiera estafada por no haber visto un documental. Qué le importará a la Señora X que no sea una recreación exacta de lo que sucedió en la batalla de las Termópilas y que fuera un filme basado en un cómic de ficción y no en lo que dicen los mitos y los libros de historia. ¿Acaso existe alguien que pueda demostrar que lo que estos últimos cuentan fue real? De hecho, quizá lo que se cuente no sea tan heroico como lo que narra Frank Miller sobre los espartanos.

Todo esto tiene que ver con nuestra necesidad de contar y de escuchar historias. Filósofos y teóricos de la literatura han reflexionado durante siglos sobre las funciones de la fábula: puede servir para entretenernos, para disfrutar con ella, pero también para adquirir conocimientos a través de ella o para plantear un conflicto o exponer una tesis. Toda narrativa de ficción tiene algo de esto, aunque eso no responde el porqué. Cuando alguien cuenta una historia queda claro que quiere que el receptor la disfrute y reflexione, según quien la narre incidirá más en un aspecto que en otro, pero también existen otras razones, una de las más comunes es la de difundir miedos. ¿Quién no ha escuchado nunca alguna historia sobre un marroquí que avisa al primo de un conocido de que no vaya por ciertas zonas porque algo malo va a ocurrir? Puede sonar a coña, sí, pero no es poca la gente que se cree estas ficciones, sobre todo si conllevan algún elemento morboso o peligroso. No hay más que ver cómo aumentan en los programas televisivos el periodismo de sucesos, cada vez con elementos más escabrosos.

Y es que somos muy ingenuos. Nos creemos todo lo que nos cuentan y esto muestra el enorme poder de la ficción, puede ser útil para manipular, y en esto se parece a la mentira. Negamos el valor de ciertas ficciones por ser fantásticas, sin ser conscientes de lo que pueden llegar a decirnos sobre el mundo en el que vivimos. Por el contrario, hay miles de autobiografías que por el mero hecho de serlo ya poseen un carácter de veracidad del que carece una novela. Un hecho ingenuo, pues son muchas las autobiografías que casi podrían calificarse de autoficciones, caso del Twitter de la actriz Anna Allen o las memorias de Paul Naschy, las cuales han quedado un tanto desacreditadas gracias al libro Paul Naschy/Jacinto Molina: La dualidad de un mito. Con el audiovisual sucede lo mismo, sería una tarea imposible enumerar todos los casos de manipulación existentes en documentales y en reportajes.

La ficción que mejor ha sabido abordar esa delgada y borrosa línea que separa la imaginación de lo real es Imaginolandia. Se trata de tres episodios de la temporada 11 de South Park. En ellos, Cartman asegura haber visto un duende, aunque Kyle no le cree y apuesta con él a que si lo ven, este le tendrá que chupar los huevos a aquel. Para sorpresa de Kyle, el duende existe y será la llave que los llevará a un lugar llamado Imaginolandia, donde habitan todos los seres imaginados por el ser humano.

Estos capítulos plantean aspectos muy interesantes sobre la importancia de la imaginación en el ser humano. Por ejemplo, en Imaginolandia encontramos a terroristas islámicos junto a personajes tan conocidos como Super Mario, Popeye, Freddy Krueger o Gandalf. ¿Los terroristas en el mundo de ficción? ¿Es acaso el terrorismo islámico fabulación del ser humano para crear miedos, como lo son Pinhead o Jason Voorhes? No parece que Trey Parker y Matt Stone quieran decir eso, más teniendo en cuenta que fueron amenazados de muerte por representar a Mahoma en la serie, parece más bien que quisieran criticar ese miedo exacerbado a la población que otra cosa, exagerando los males aunque no negándolos.

El final, y si alguien no quiere ser spoileado que deje de leer, no puede ser más posmodernista. Se plantea que lo imaginado no es ficción sino realidad. Los personajes que habitan Imaginolandia son tan reales como nosotros. Influyen en la realidad mucho más que algunos de nosotros. Es muy curiosa al respecto la presencia de Jesucristo en este mundo, ¿se trata de un personaje literario que por su trascendencia ha terminado siendo más real e influyente que otros seres que existieron? Vivimos las ficciones, somos protagonistas, al final Cartman tiene que valerse de la imaginación para que Kyle cumpla su apuesta y le coma los huevos. Un poco como el Señor Z y su viaje a Japón.

Rubeniperez
rubeniperez85@gmail.com

Soy nada y muchas cosas a la vez: editor de Spasmo, colaborador en SpanishFear.com y un imán para los tipos raros. Adicto a vídeos estúpidos de Youtube.