Rubén Íñiguez Pérez | Magia
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Magia

Hace unos días vi un tuit que me hizo viajar al pasado. Era una imagen de Psycho Mantis, uno de los jefes de Metal Gear Solid, a la que acompañaba el texto: ”Sigue siendo lo más mágico de la historia de los videojuegos”. No puedo estar más de acuerdo con la afirmación, aunque soy consciente de que mi opinión es muy rebatible, sobre todo porque mi yo gamer se desintegró con el paso de la PlayStation 2 a la 3 -de esta última tan solo me enganché al Read Dead Redemption y al LittleBigPlanet-.

No lo niego, mi opinión está contaminada de nostalgia, pero es que solo se me ocurre recurrir a lo “mágico” para describir tal momento. Hay que tener en cuenta que hace veinte años, a finales de la década de los 90 y sin Internet, fue todo un impacto jugar a un videojuego en el que a uno de los jefes no se lo podía vencer de una forma convencional. Pyscho Mantis leía todos los movimientos que hicieras, incluso los datos de tu tarjeta de memoria. Para derrotarlo había que cambiar el joystick de puerto, del primero al del segundo jugador. A partir de ahí, era sencillo coser a tiros a Mantis. No era ya capaz de “entrar en tu mente”. Y claro, para mí, que no me sentía jugador sino parte de ese mundo virtual, aquella pantalla no podía ser otra cosa que magia.

Desde la perspectiva que da el paso del tiempo, lo que más me llama la atención es el hecho de cómo llegábamos a dar con la manera de pasar aquella pantalla. Solo podía ser leyendo la solución en la sección de trucos de alguna revista de la época o porque alguien te contaba cómo hacerlo, que era lo más habitual. Vamos, que para derrotar a Mantis había que recurrir al boca a boca. Una información que íbamos transmitiendo como antaño se hacía con las canciones populares o las leyendas -o como ahora con los bulos que habitualmente vemos en grupos de Whatsapp-.

Sí, mi generación supo de las enormes aportaciones de Metal Gear Solid y lo que vino gracias a este juego. De lo que quizá no fuimos tan conscientes en ese momento, o al menos yo, es de lo que planteba aquella pantalla. Hideo Kojima, su creador, fue capaz de ir más allá del propio juego para buscar nuevos rumbos que explorar. No sé si fue el primero en hacerlo, pero aquella forma de plasmar la telepatía fue una revolución. Aquel personaje plantaba cara al jugador de una manera inimaginable, lo retaba al leerle la mente. El hecho de tener que hacer algo tan simple como cambiar el joystick de puerto para poder derrotar a Mantis nos impactó. Puede que ahora algo así sea de chiste y que estos giros y desafíos metafictivos resulten primitivos en el videojuego actual, no puedo afirmarlo, pero aquello tuvo que ser algo no muy diferente a lo que sintió la gente que experimentó el paso del blanco y negro al color en los televisores.

Kojima cambió la historia de los videojuegos con Metal Gear Solid. Cierto que no fue solo él, también otros títulos de la era de los 32 y 64 bits pusieron su granito de arena, pero no recuerdo ningún otro momento que fuera tan radicalmente diferente a todo lo anterior como lo que planteaba aquella pantalla.

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